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  • Malcolm Graves, el Forajido

    A Malcolm Graves se le busca en todos los reinos, ciudades-estado e imperios que ha visitado. Duro, resuelto y, por encima de todo, temerario, una vida de crimen le ha permitido amasar varias veces una pequeña fortuna... y perderla otras tantas.
  • Estandartes de los Garfios Dentados

    Los Garfios Dentados, una de las bandas más antiguas y feroces del muelle de Aguas Estancadas, han jurado lealtad eterna a Gangplank. Reciben su nombre de las crueles herramientas que muchos de sus miembros usan para cazar monstruos marinos.
  • La Dama Barbuda

    La Dama Barbuda, también conocida como Madre Serpiente por los indígenas de las islas que rodean la ciudad, es la deidad patrona de Aguas Estancadas. Los mitos sobre ella se remontan siglos en el tiempo y temerario es el marino que no deja el tradicional tributo en el Pozo de la Serpiente al recalar en Aguas Estancadas.
  • Serpientes de Plata

    Cada día, la riqueza traída por mercaderes y corsarios desde todos los rincones de Runaterra fluye a través de este pujante puerto. Solo a los idiotas les importa la cara del dignatario que aparece en una moneda de oro, pero Aguas Estancadas acuña también las suyas, de las cuales la más conocida es el kraken de oro.
  • Cañón portátil

    Estas armas, relativamente baratas, son muy populares entre los mil y un camorristas, rateros de poca monta y jóvenes corsarios que pueblan esta ciudad.
  • Daga de la espiral carmesí

    Alguien estaba dispuesto a pagar una suma muy considerable por esta hoja de aspecto modesto del tesoro de Gangplank. Se desconocen tanto sus orígenes como su utilidad.
  • El almacén

    Situado al final de un muelle y protegido en tres de sus cuatro lados por aguas infestadas de tiburones y peces navaja (del cuarto se encarga la violenta banda de los Garfios Dentados), el almacén de Gangplank contiene tesoros procedentes de todos los rincones del mundo.
  • Enemigos caídos

    Nadie se hace con el control de Aguas Estancadas sin aplastar a algunos rivales en el proceso.
  • Twisted Fate, el Maestro de las Cartas

    Twisted Fate es un tahúr y timador de mala reputación que ha viajado por buena parte del mundo conocido granjeándose con su encanto y su habilidad con los naipes la admiración y la enemistad de ricos y necios por igual. Raras veces se toma las cosas con seriedad y afronta cada día con sonrisa burlona y actitud despreocupada. En todos los sentidos imaginables, Twisted Fate siempre se guarda un as en la manga.
  • Arquitectura

    Aguas Estancadas carece de recursos naturales, lo que obliga a sus habitantes a darse al pillaje. No es raro ver restos de barcos procedentes de sitios tan remotos como Jonia, Demacia o Freljord incorporados a su arquitectura.
  • La flota del matadero

    Todas las noches, al alba, las flotas levan anclas para salir a cazar monstruos marinos. Muchas de ellas, representadas por símbolos y tradiciones únicos, están sumidas en una constante lucha por la preponderancia.
  • Cobertizos del matadero

    Tras cobrarse algún monstruo marino, la flota del matadero regresa a los muelles para despojar el colosal cadáver de carne, huesos y pellejo acorazado en el interior de grandes cobertizos. En Aguas Estancadas ha brotado un floreciente negocio de glándulas, órganos y secreciones de los serpentinos monstruos.
  • Monstruos marinos

    Los gigantescos monstruos marinos son una constante amenaza en las aguas que rodean Aguas Estancadas y a lo largo de los siglos se ha consolidado una industria alrededor de su caza y aprovechamiento. No se sabe qué es lo que atrae a las bestias hacia las islas, pero sea lo que sea, resulta muy lucrativo.
  • Ratas del muelle

    Estas criaturas, aterradores híbridos de tiburón y rata tan grandes como sabuesos, atacan en las noches sin luna a borrachos y pescadores solitarios. A menudo viajan en grupos grandes y pueden arrancarle fácilmente la pierna a un hombre.
  • Grabado de Tahm Kench

    Por todo Aguas Estancadas, el semblante de Tahm Kench marca la presencia de tugurios que fomentan la avaricia. Símbolo de codicia y libertad sin inhibiciones, el dibujo del Rey del Río sobre una pared es tanto una glorificación de la indecencia como una indicación certera para aquellos que buscan saciar apetitos de naturaleza insalubre.
  • Cañoneras

    Estas plataformas elevadas transportan mercancías, carne, huesos y grasa de monstruo de isla en isla, utilizando un sistema de rieles carcomidos por el óxido. Algunas de estas barquillas tienen cañones y de ahí su nombre.
  • El Puente del Carnicero

    Antaño un puente de piedra que daba acceso a la entrada de un templo, en la actualidad se mantiene en pie a duras penas y sirve sobre todo para comunicar los muelles del matadero con una de las barriadas de Aguas Estancadas.
  • Miss Fortune, la Cazarrecompensas

    Belleza y peligro: Pocos hay que puedan compararse a Miss Fortune en ambos. Esta cazarrecompensas, una de las más famosas de Aguas Estancadas, ha erigido su leyenda sobre un reguero de cadáveres llenos de plomo y tunantes capturados. El atronador eco de sus pistolas gemelas entre los hediondos embarcaderos y las míseras chabolas del puerto es un indicio claro de que una nueva recompensa del tablón está pronta a ser cobrada.
  • Gangplank, el Azote de los Mares

    Tan impredecible como brutal, el autoproclamado rey de los piratas conocido como Gangplank gobierna Aguas Estancadas por medio de una mezcla de miedo, violencia y astucia. Su llegada es sinónimo de muerte y ruina y es tal su infame reputación que la mera aparición de sus negras velas en el horizonte basta para provocar el pánico de las más curtidas tripulaciones.
  • El Heraldo de la Muerte

    El barco de Gangplank, un gigantesco titán de tres mástiles, es uno de los navíos más infames de Runaterra. El Heraldo de la Muerte, heredado por el pirata tras un despiadado parricidio, es tanto un símbolo de su poder como la mayor de sus manifestaciones físicas.
  • Invocadores de Serpientes

    Ya sea con magia o gracias al ancestral diseño arquitectónico de estos pilares huecos, los Invocadores de Serpientes imitan las llamadas de los habitantes de las profundidades para así atraerlos a la superficie o para tratar de expulsarlos.
  • El Barquero

    En Aguas Estancadas no se entierra a los muertos, se los devuelve al océano. El Barquero es quien transporta los cadáveres a los distintos cementerios esparcidos por los estrechos que rodean la ciudad.
  • Cementerio

    Los cementerios consisten en innumerables boyas flotantes, ancladas por los cadáveres. Los ricos reposan en suntuosos cajones sumergidos debajo de llamativas lápidas que se mecen en el oleaje, mientras que los pobres han de contentarse con terminar atados en grupo a viejas anclas, bajo barriles medio llenos de agua.
  • Aguas infestadas de tiburones

    Con frecuencia, la sangre de las serpientes marinas tiñe las aguas de los muelles del matadero. Los despojos atraen a los muelles a tiburones y otros depredadores, cuya presencia provoca una turbulenta agitación de la superficie marina.
  • Botín de guerra

    Cuando el navío de Gangplank regresa al puerto, cargado con el botín de su última victoria o incursión pirata, primero recala cerca de los muelles del matadero para depositar las riquezas en el almacén del capitán.
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Acto I ― Primera parte

Acto I ― Primera parte

Los muelles del matadero, El encargo, Un viejo amigo

Los muelles del matadero en la Ciudad de las Ratas; un nombre que no permite hacerse ilusiones sobre su olor.

Y sin embargo, aquí estoy, oculto en las sombras, respirando el hedor a sangre y bilis de las serpientes marinas abiertas en canal.

Me fundo más íntimamente con la oscuridad, tirando hacia abajo del ala de mi sombrero para cubrirme el rostro mientras miembros de los Garfios Dentados, armados hasta los dientes, se pasean amenazadoramente.

Son famosos por su brutalidad, estos muchachos. En una pelea limpia tal vez pudiesen conmigo, pero lo de la limpieza se me atraganta y tampoco he venido aquí a pelear. Esta vez no.

¿Qué me trae por aquí, a uno de los distritos más repulsivos de Aguas Estancadas?

La pasta. ¿Qué, si no?

Voy a jugármela en este encargo, pero con una paga así no podía dejarlo pasar. Y además, he estudiado el sitio de cabo a rabo para inclinar la balanza de mi lado.

No pienso perder ni un minuto. Quiero entrar y salir todo lo rápida y sigilosamente que pueda. Una vez el trabajito esté hecho, voy a recoger mi paga y a desaparecer antes de que amanezca. Si todo va bien, estaré a mitad de camino de Valoran antes de que alguien repare en que falta ese maldito chisme.

Los matones doblan la esquina del gigantesco matadero. Significa que tengo dos minutos antes de que den la vuelta. Tiempo de sobra.

La luna plateada se desliza tras un banco de nubes y sume el embarcadero en la sombra. Las cajas del trajín de la jornada yacen dispersas por el muelle. Es fácil ocultarse entre ellas.

Reparo en que hay vigías encaramados al techo del almacén principal, sus siluetas en ademán de guardia, ballestas en mano. Chismorrean a voz en grito, como pescaderas. Estos idiotas no me oirían ni aunque llevase cascabeles.

Creen que nadie es tan estúpido como para entrar aquí.

Un cadáver abotargado cuelga en lo alto, a la vista de todos, a modo de advertencia. Gira lentamente en la brisa nocturna que llega del puerto a medianoche. Es un espectáculo horripilante. Un anzuelo descomunal, de los que se usan para pescar grandes ejemplares, mantiene el cuerpo izado.

Avanzo sobre cadenas oxidadas que yacen exangües en la piedra húmeda y paso entre un par de grúas inmensas. Se usan para transportar a las gigantescas criaturas marinas al interior del matadero para su destripe. Son esas fábricas, que se yerguen inmensas y amenazadoras, la fuente del hedor abominable que lo impregna todo en este lugar. Voy a tener que comprarme ropa nueva cuando esto termine.

Al otro lado de la bahía, más allá de la emulsión de agua y entrañas de los muelles del matadero, un sinnúmero de naves permanece anclado, con sus faroles balanceándose mansamente. Uno de los navíos capta mi atención: un galeón inmenso de velas negras. Sé a quién pertenece ese barco. Todo el mundo en Aguas Estancadas lo sabe.

Me tomo un instante para relamerme. Estoy a punto de robarle al hombre más poderoso de la ciudad. Siempre hay un cierto placer en hacerle un corte de mangas a la muerte.

Como era de esperar, el almacén principal está a mejor recaudo que la virtud de una dama. Hay guardas apostados en cada entrada. Las puertas están cerradas con llave y atrancadas. Para cualquier otro, sería imposible colarse ahí.

Me interno a gachas en un callejón sin salida al otro lado del almacén. No tiene vías de escape y no es tan oscuro como me hubiese gustado. Si sigo aquí cuando la patrulla regrese, me verán por narices. Y si me ponen las zarpas encima, lo más a lo que puedo aspirar es una muerte rápida. Aunque lo más probable sería que me llevasen junto a él... y esa sería una forma de diñarla mucho más dolorosa y prolongada.

El truco, como siempre, es que no te pillen.

Entonces los oigo. Los matones regresan antes de tiempo. Solo tengo unos pocos segundos, como mucho. Me saco una carta de la manga y la deslizo entre los dedos; es tan natural como respirar. Esta era la parte fácil; el resto requiere su tiempo.

Dejo que mi mente vague hasta que la carta comienza a brillar. La presión se acumula en torno a mí, y a punto está de abrumarme con la promesa de todos los lugares posibles. Con los ojos entrecerrados, me concentro y visualizo dónde necesito estar.

Entonces siento ese retortijón tan familiar de la transferencia. El aire se desplaza y ya estoy en el almacén. Me he esfumado sin dejar apenas rastro.

Pero qué bueno soy.

Alguno de los Garfios Dentados de ahí fuera podría fijar la mirada en el callejón y reparar en una carta solitaria que cae al suelo, pero la probabilidad es mínima.

Me lleva un instante recomponerme. La débil luz de los faroles en el exterior se filtra por las grietas de las paredes. Mis ojos se adaptan.

El almacén está atestado de tesoros amontonados, provenientes de los doce mares: armaduras relucientes, arte exótico, sedas brillantes. Todo ello de valor considerable, pero no es lo que he venido a buscar.

Mi atención se centra en las puertas de carga, en la parte frontal del almacén, donde sé que hallaré el material recién llegado. Deslizo las yemas de los dedos sobre las diversas cajas de cartón y otros embalajes... hasta que llego a una pequeña caja de madera. Puedo sentir el poder que emana de su interior. Esto es a por lo que he venido.

Abro la tapa.

Mi botín se revela: un cuchillo de diseño exquisito que descansa sobre un lecho de terciopelo negro. Alargo la mano hacia él...

Clic-clac.

Me petrifico. Ese sonido es inconfundible.

Antes siquiera de que hable, sé a quién tengo detrás, en la oscuridad.

―T. F. ―dice Graves―. Hacía mucho tiempo.

Acto I ― Segunda parte

Acto I ― Segunda parte

La espera, Reunión, Fuegos artificiales

Llevo horas aquí. Hay quien se aburriría después de permanecer quieto y de pie durante tanto tiempo, pero tengo mi furia para hacerme compañía. No pienso moverme de aquí hasta haber ajustado cuentas.

Bien entrada la madrugada, la víbora finalmente se deja ver. Aparece de improviso en el almacén, usando su truco de magia de siempre. Amartillo la escopeta, listo para ponerle las entrañas del revés. Aquí lo tengo por fin, después de tantos años buscando a esta rata traidora, con las manos en la masa frente a los cañones de Destino.

―T. F. ―le digo―. Hacía mucho tiempo.

Tenía preparado algo mejor para este momento. Es curioso cómo se me olvidó tan pronto lo vi.

Pero ¿T. F.? Su expresión no muestra nada. Ni miedo, ni pesar, ni un asomo de sorpresa. Ni tan siquiera con un arma cargada delante de sus narices. Que los dioses lo maldigan.

―Malcolm, ¿cuánto tiempo llevas ahí de pie? ―pregunta. La sorna de su voz me saca de quicio.

Apunto. Puedo apretar el gatillo y dejarlo más tieso que la mojama.

Debería.

Pero aún no. Tengo que oírselo decir. ―¿Por qué lo hiciste? ―pregunto, a sabiendas de que se limitará a retrucar con algo ingenioso.

―¿El arma es verdaderamente necesaria? Creía que éramos amigos.

Amigos, dice. El muy desgraciado me está vacilando. Todo lo que quiero es arrancarle esa cabezota presuntuosa, pero debo guardar la compostura.

―Veo que no has perdido un ápice de estilo ―dice.

Paso revista a los mordiscos de las criaturas acuáticas en mi ropa. Tuve que nadar para burlar a los guardias. Desde que juntó sus primeros cuartos, T. F. había cuidado en extremo su apariencia. No veo el momento de hacerlo cisco. Pero primero quiero respuestas.

―Dime por qué me dejaste en la estacada para que cargase con el muerto, o los pedacitos de esa cara bonita van a llegar al techo. Así es como hay que actuar con T. F.; si le dejas meter baza, te liará de tal forma que acabarás por no saber si tienes el culo abajo o sobre los hombros.

Esa capacidad para escurrirse fue muy útil cuando éramos socios.

―¡Diez malditos años en el Cajón! ¿Tienes la menor idea de lo que te hace eso?

No, no la tiene. Por una vez, se ha quedado sin salidas presuntuosas. Sabe que lo que me hizo estuvo mal.

―Me hicieron cosas que le hubiesen hecho perder la chaveta a cualquiera. Lo único que me mantuvo cuerdo fue la rabia. E imaginar este momento, aquí y ahora.

Y ahora sí, su réplica ingeniosa: ―Se diría que te mantuve vivo. Tal vez debieses agradecérmelo.

Con esa sí logra tocarme la moral. Estoy tan furioso que apenas puedo ver. Está tratando de provocarme. Entonces, cuando la rabia me ciegue, hará su truquito de siempre y se esfumará. Inspiro hondo y no muerdo el anzuelo. Le desconcierta que no haya entrado al trapo. Esta vez voy a obtener respuestas.

—¿Cuánto te pagaron para venderme? —gruño.

T. F. se queda donde está, sonriendo, tratando de ganar tiempo.

—Malcolm, me encantaría tener esta conversación contigo, pero ni el lugar ni el momento son muy oportunos.

Cuando ya casi es demasiado tarde, me percato de la carta que baila entre sus dedos. Despierto del trance y aprieto el gatillo.

BLAM.

Adiós a su cartita. Y a punto he estado de arrancarle también la maldita mano.

—¡Idiota! —me espeta—. Por fin le he hecho perder la compostura. —¡Acabas de despertar a toda la condenada isla! ¿Tienes idea de a quién pertenece este sitio?

Me da igual.

Amartillo el arma para un segundo disparo. Apenas veo sus manos moverse y las cartas comienzan a explotar a mi alrededor. Respondo con un disparo, sin estar seguro de si lo quiero muerto o solo casi muerto.

Antes de localizarlo de nuevo entre el humo, la furia y las astillas de madera, alguien abre una puerta de una patada.

Una docena de matones entran con estruendo, por si fuese poco ya el jaleo.

—Bueno, ¿de verdad quieres hacer esto? —pregunta T. F., presto a arrojarme otro puñado de cartas.

Asiento y lo encañono firmemente con la escopeta.

Es hora de ajustar cuentas.

Acto I ― Tercera parte

Acto I ― Tercera parte

Trucos de cartas, Alarma, Juego de manos

En un tris, las cosas se ponen feas. Pero feas, feas.

Todo el condenado almacén está hasta arriba de Garfios Dentados, pero a Malcolm le trae sin cuidado. Tengo toda su atención.

Adivino el siguiente disparo de Graves y me aparto. El estruendo de su escopeta es ensordecedor. Una de las cajas explota una fracción de segundo después de pasar yo junto a ella.

Ya no me cabe duda de que mi antiguo socio está intentando matarme.

Al tiempo que salvo con un salto mortal una pila de marfil de mamut, le lanzo un trío de cartas en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que lo alcancen siquiera, ya estoy agachándome tras un parapeto, buscando una salida. Solo necesito unos pocos segundos.

Malcolm maldice estentóreamente, pero las cartas no harán sino entorpecerlo. Siempre ha sido duro de roer. Y testarudo. Nunca ha sabido dar el brazo a torcer.

—No vas a escabullirte de esta, T. F. —gruñe—. Esta vez, no.

Sí, sigue siendo más terco que una mula.

No obstante, se equivoca. Como de costumbre. Voy a salir de aquí en cuanto se me presente la ocasión. No sirve de nada hablar con él cuando quiere cobrarse una pieza.

Otro fogonazo y la metralla rebota en una armadura de Demacia de valor incalculable, incrustándose en las paredes y el suelo. Me lanzo a derecha y a izquierda, zigzagueando y fintando, volando de parapeto en parapeto. Me pisa los talones, la escopeta eructa en sus manos al tiempo que él ruge amenazas y acusaciones. Graves se mueve rápido para lo grande que es. Ya casi se me había olvidado.

Tampoco es el único problema que tengo. El muy imbécil nos ha metido en un jaleo de los buenos con sus disparos y sus voces. Los Garfios Dentados se nos han echado encima, pero son lo suficientemente listos para dejar a algunos hombres atrancando las puertas principales.

Tengo que salir por patas... pero no me voy a marchar de aquí sin lo que vine a buscar.

He llevado a Graves danzando tras de mí por todo el almacén y llego al punto donde iniciamos nuestro alegre baile un instante antes que él. Algunos Garfios se interponen entre mi botín y yo, y hay más en camino, pero no tengo tiempo que perder. La carta en mi mano despide un fulgor rojo y la lanzo justo al centro de las puertas del almacén. La detonación las arranca de sus bisagras y deja Garfios tirados por todas partes. Avanzo.

Uno de ellos se recupera antes de lo que esperaba y trata de golpearme con un hacha de mano. Esquivo el golpe y lo pateo en la rodilla, al tiempo que lanzo otra andanada de cartas a sus compinches para que se estén quietecitos.

Ya con vía libre, le echo la zarpa a la daga ornamental que me han contratado para robar y la engancho al cinto. Después de todo este jaleo, por lo menos que me paguen.

Las puertas de carga me tientan, abiertas de par en par, pero los condenados Garfios están amontonándose ahí. No hay ninguna vía de escape, de modo que me encamino hacia la única esquina en calma en esta jaula de grillos.

Una carta baila en mis manos mientras me preparo para la transferencia, pero justo cuando mi mente comienza a vagar aparece Graves, acosándome como un perro rabioso. Destino se encabrita en sus manos y el disparo deja a un Garfio Dentado hecho trizas.

La mirada furiosa de Graves se fija en la carta que resplandece en mi mano. Sabe lo que significa y me encañona con la escopeta humeante. Me obliga a moverme, interrumpiendo mi concentración.

—No puedes correr eternamente —grita a mi espalda.

Por una vez, no está actuando como un imbécil. No me está dando el tiempo que necesito.

Está impidiéndome hacer mi juego, y la idea de que esos Garfios puedan echarme el guante empieza a pesarme. Su jefe no es conocido por su piedad.

Entre los otros muchos pensamientos que se agolpan en mi cabeza, toma forma la sospecha de que me han tendido una trampa. Me llega de la nada un trabajito facilón, un golpe de los grandes justo cuando más lo necesitaba... y oh, sorpresa, ahí está mi viejo socio esperándome. Alguien mucho más inteligente que Graves me está tomando por tonto.

Ya soy mayorcito para pifiarla así. Me daría de bofetadas por haber sido tan descuidado, pero hay un muelle repleto de sicarios dispuestos a hacerme ese favor.

Ahora mismo, lo único que importa es salir de aquí a toda pastilla. Dos fogonazos de la maldita escopeta de Malcolm me obligan a escabullirme. Mi espalda choca contra una polvorienta caja. Un dardo de ballesta se incrusta en la madera podrida tras de mí, a tres dedos sobre mi cabeza.

—No hay salida, chaval —grita Graves.

Echo un vistazo en derredor y veo cómo el fuego de la explosión comienza a extenderse al techo. Puede que tenga razón.

—Nos han traicionado, Graves —le grito.

—Fue a hablar el experto —replica.

Intento razonar con él.

—Si trabajamos juntos, podemos salir de esta.

Debo de estar desesperado.

—Prefiero que muramos ambos antes que volver a confiar en ti —gruñe.

Justo lo que me esperaba. Razonar con él no hace sino ponerlo más furioso todavía, que es justo lo que necesito. La distracción me da tiempo suficiente para transferirme fuera del almacén.

Puedo oír a Graves rugir en el interior. Sin duda, acaba de plantarse donde yo estaba para encontrarse con que he desaparecido. Solo queda una carta en el suelo, burlándose de él.

Lanzo una andanada de cartas a través de las puertas de carga a mi espalda. Se acabó el tiempo para las sutilezas.

Por un instante, me siento mal por dejar a Graves en un edificio en llamas, pero sé que eso no lo matará. Es demasiado testarudo. Además, un incendio en los muelles es un asunto muy grave en una ciudad portuaria. Tal vez me dé algo de tiempo.

Mientras busco la manera más rápida de salir de los muelles del matadero, el sonido de una explosión me hace echar la vista atrás.

Graves aparece a través del agujero que acaba de abrir en el lateral del almacén. Su mirada es homicida.

Le saludo inclinando el ala del sombrero y salgo corriendo. Viene tras de mí, con la escopeta retumbando.

La verdad es que la determinación de ese tipo es digna de admiración.

Con suerte, su persistencia no me matará esta noche.

Acto I ― Cuarta parte

Acto I ― Cuarta parte

El delicado arte de la talla en hueso, Una lección de fuerza, Un mensaje

Los ojos del rapaz permanecían abiertos y aterrados mientras lo conducían a los aposentos del capitán.

Eran los gritos de agonía que emanaban de la puerta al final del corredor los que estaban haciéndole arrepentirse. Toda la tripulación del Heraldo de la Muerte podía oír los alaridos que resonaban a lo largo y ancho de las claustrofóbicas cubiertas del inmenso navío de guerra negro, y así debía ser.

El contramaestre, cuya cara era una red de cicatrices, posó una mano tranquilizadora sobre el hombro del muchacho. Se detuvieron ante la puerta. El niño hizo una mueca ante un nuevo gemido torturado proveniente del interior.

—Componte —dijo el contramaestre—. El capitán querrá oír lo que tienes que decir.

Entonces, golpeó fuertemente la puerta. Un instante más tarde la abría un bruto descomunal con tatuajes faciales y una hoja curva y ancha atada de través a la espalda. El muchacho no oyó las palabras que intercambiaron los dos hombres; su mirada estaba fija en la fornida figura sentada de espaldas a él.

El capitán era un hombre enorme, de mediana edad. Su cuello y hombros eran gruesos como los de un toro. Estaba arremangado y sus antebrazos estaban empapados de sangre. Un abrigo rojo colgaba de una percha cercana, junto a su tricornio negro.

—Gangplank —musitó el muchacho, su voz cargada de miedo y asombro.

—Capitán, me imaginaba que querrías oír esto —dijo el oficial.

Gangplank no dijo nada, ni se giró siquiera, todavía absorto en su tarea. El marinero de las cicatrices empujó levemente hacia delante al zagal, que trastabilló antes de recobrar el equilibrio y avanzar arrastrando los pies. Se acercó al capitán del Heraldo de la Muerte como si lo hiciera al borde de un acantilado. Su respiración se aceleró al ver de frente en qué se estaba ocupando el capitán.

Sobre el escritorio de Gangplank había palanganas con agua ensangrentada, además de un juego de cuchillos, ganchos y relucientes utensilios quirúrgicos.

Un hombre yacía sobre el banco de trabajo del capitán, atado con recias correas de cuero. Solo su cabeza permanecía libre. Miraba a su alrededor con salvaje desesperación y el cuello tirante, el rostro cubierto de sudor.

La mirada del muchacho se dirigía inexorablemente hacia la pierna izquierda del hombre, completamente despellejada. Se dio cuenta de repente de que no podía recordar qué había ido a hacer allí.

Gangplank dio la espalda a sus quehaceres para contemplar al visitante. Sus ojos eran tan fríos e inertes como los de un tiburón. Sostenía una hoja delgada en una mano, delicadamente cogida entre sus dedos, como si fuese un pincel fino.

—La talla de huesos es un arte en vías de desaparición —dijo Gangplank, devolviendo la atención a su labor—. Pocos tienen la paciencia para ello hoy en día. Lleva su tiempo. ¿Ves? Cada corte tiene su función.

El hombre permanecía vivo de algún modo a pesar de la herida abierta de la pierna, con la piel y la carne retiradas del fémur. Paralizado por el horror, el chaval vio los intrincados diseños que el capitán había tallado sobre aquel hueso: tentáculos enroscados y olas. Era un trabajo delicado, incluso hermoso. Lo cual lo hacía más horripilante aún.

El lienzo viviente de Gangplank sollozó.

—Por favor... —gimió.

Gangplank ignoró la patética súplica e hincó el cuchillo. Vació una copa de whisky barato sobre su obra para limpiar la sangre. El alarido del hombre amenazaba con rasgarle la garganta, hasta que cayó en una piadosa inconsciencia y los ojos se replegaron en las cuencas. Gangplank gruñó con repugnancia.

—Recuerda esto, muchacho —dijo—. En ocasiones, incluso aquellos que te son leales olvidan cuál es su sitio. A veces, es necesario recordárselo. El verdadero poder consiste en cómo te ven los demás. Un asomo de debilidad, siquiera por un instante, y estás acabado.

El muchacho asintió, su rostro completamente descolorido.

—Despiértalo —dijo Gangplank, haciendo un gesto hacia el hombre inconsciente—. Toda la tripulación necesita oír su canción.

Mientras el cirujano del navío se acercaba, Gangplank desvió la mirada de nuevo hacia el niño.

—Veamos. ¿Qué es lo que querías decirme?

—U-un hombre —dijo el muchacho con voz entrecortada—. Un hombre en los muelles de la Ciudad de las Ratas.

—Continúa —dijo Gangplank.

—Intentaba que no lo vieran los Garfios. Pero yo sí lo vi.

—Ajá —murmuró Gangplank, al tiempo que comenzaba a perder interés. Volvió a su labor.

—No te detengas, chaval —le instó el contramaestre.

—Jugueteaba con una baraja de cartas muy rara. Brillaban y todo.

Gangplank se levantó de la silla como un coloso emergiendo de las profundidades.

—Dime dónde.

La cinta de cuero de su bandolera chirrió mientras la ceñía.

—Junto al almacén, el grande al lado del matadero.

El rostro de Gangplank adquirió una tonalidad carmesí mientras se enfundaba el abrigo y recuperaba el sombrero de la percha. Sus ojos relampagueaban a la luz de los candiles. El niño no fue el único en retroceder cautamente un paso.

—Dadle al niño una serpiente de plata y una comida caliente —ordenó el capitán al contramaestre mientras se encaminaba a grandes trancos hacia la puerta del camarote.

—Y manda a todo el mundo a los muelles. Tenemos trabajo que hacer.

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Acto II ― Primera parte

Acto II ― Primera parte

Refriega en los muelles, El Puente del Carnicero, Tiros a diestro y siniestro

Mis esputos se han vuelto negros. El humo del incendio del almacén me está destrozando los pulmones, pero no tengo tiempo de tomar aliento. T. F. se está escapando, y que me aspen si voy a pasarme otra porrada de años dándole caza por toda Runaterra. Esto termina esta noche.

El muy desgraciado me ve venir. Se abre camino empujando a un par de estibadores y sale corriendo por el embarcadero. Trata de poner en juego su carta de escapatoria, pero mantengo la presión para que no pueda concentrarse.

Los Garfios se aglomeran alrededor, como las moscas en una letrina. Antes de que puedan interceptarlo, T. F. lanza un par de sus cartas explosivas y se carga a los matones. Un puñado de Garfios son pan comido para él. Pero yo no. He venido a cobrarme lo que me pertenece y T. F. lo sabe. Se escabulle por el muelle tan rápido como puede.

Su refriega con los chicos malos del embarcadero me da el tiempo justo para ponerme a su altura. Me ve y sale disparado a parapetarse tras una enorme espina dorsal de ballena. Un fogonazo de mi escopeta destroza su cobertura y llena el aire de fragmentos de hueso.

Replica intentando volarme la cabeza, pero le acierto a la carta en pleno vuelo. Explota como una bomba y nos deja a ambos sentados de culo. Se pone en pie gateando y se da a la fuga. Sigo disparando a Destino tan rápido como me lo permite.

Algunos Garfios se nos acercan con cadenas y alfanjes. Me giro y les saco las tripas por la espalda. Antes de oír el chapoteo de sus entrañas sobre el muelle, ya estoy girando sobre mis talones. Apunto a T. F., pero el disparo de una pistola me pasa rozando. Más Garfios, y estos están mejor armados.

Me agacho tras un trozo del casco de un viejo arrastrero para responder a los disparos. Mi arma solo hace clic. Tengo que recargar. Meto nuevos cartuchos en la caja de un sopetón, escupo con rabia al suelo y me interno nuevamente en el caos.

A mi alrededor, proyectiles y saetas atraviesan las cajas de madera. Uno de ellos me arranca un pedazo de oreja. Me limito a apretar los dientes y sigo bregando hacia adelante, apretando el gatillo. Destino lo hace todo puré. Un Garfio Dentado pierde la mandíbula. Otro sale despedido a la bahía. Un tercero queda reducido a una pátina roja de músculo y tendones.

Me giro a todo trapo para ver cómo T. F. se escabulle por los muelles del matadero. Paso corriendo junto a un pescadero que está colgando anguilas carroñeras. Una de las bestias acaba de ser despellejada y sus entrañas se vierten todavía sobre el muelle. El pescadero se gira hacia mí agitando un gancho para la carne.

BOOM.

Le arranco una pierna.

BOOM.

Remato la faena de un tiro en la cabeza.

Aparto el cadáver hediondo de un pez cuchilla y sigo adelante. La sangre llega hasta los tobillos, parte de ella de los peces y parte de los Garfios que hemos abatido. Es suficiente para causarle convulsiones a un dandi como T. F. Incluso conmigo pisándole los talones, reduce su paso para evitar ensuciarse los bajos.

Antes de que pueda darle caza, T. F. sale al galope. Noto que empiezo a perder el aliento.

—¡Date la vuelta y enfréntate a mí! —le grito.

¿Qué clase de hombre se niega a afrontar sus problemas?

Un ruido a mi derecha fija mi atención en un balcón donde hay otros dos Garfios. Disparo y toda la parafernalia se estrella sobre el muelle.

El humo de la escopeta y los escombros es tan denso que no veo un pimiento. Corro hacia el repiqueteo de sus femeninas botas sobre los listones de madera. Se dirige al Puente del Carnicero, al final de los muelles del matadero. La única vía de salida de la isla. Ni muerto voy a dejarlo escaparse otra vez.

Cuando me aproximo, T. F. pega un frenazo a mitad del puente. Primero creo que se ha rendido. Después, veo por qué se ha parado. Al otro lado, bloqueándole el paso, se interpone una turba de patanes blandiendo espadas. Pero no me voy a achantar.

T. F. se gira solo para toparse conmigo. Está atrapado. Dirige la mirada sobre el pretil del puente, hacia el agua. Está pensando en saltar, pero sé que no lo hará.

Se ha quedado sin opciones. Comienza a andar hacia mí.

—Mira, Malcolm. Ninguno de los dos tiene que morir aquí. Tan pronto como hayamos salido de esta...

—Huirás de nuevo. Es todo lo que sabes hacer.

No responde. De repente, dejo de preocuparle tanto. Me giro para ver en qué se está fijando.

Tras de mí, veo a cuanto indeseable hay capaz de portar un arma blanca o una pistola irrumpiendo en los muelles. Gangplank debe de haber llamado a todos los hombres que tiene en la ciudad. Seguir adelante es una sentencia de muerte.

Pero seguir vivo no es lo que más me importa hoy.

Acto II ― Segunda parte

Acto II ― Segunda parte

Cerrando el cerco, Sobre el abismo, Salto al vacío

No tienen ninguna prisa, los Garfios. Ya no. Saben que nos tienen atrapados. Detrás de ellos, parece que hasta el último de los asesinos de mala muerte de Aguas Estancadas se ha unido a la fiesta. No hay vuelta atrás.

Al otro extremo del puente, bloqueando mi fuga hacia el laberinto de los suburbios de Aguas Estancadas, parece que están las Gorras Rojas en pleno, la banda portuaria. Controlan el lado este de los muelles. Están al servicio de Gangplank, al igual que los Garfios y casi toda la condenada ciudad.

Tras de mí, Graves, sus pisotones acercándose cada vez más. A este cabezón redomado le importa un pito el lío en el que estamos. Verdaderamente, es asombroso. Aquí estamos, una vez más, como hace tantos años. De mierda hasta el cuello y el tío haciendo oídos sordos.

Ojalá pudiese contarle lo que verdaderamente sucedió entonces, pero es inútil. Nunca me creería, ni por un instante. Una vez que se le incrusta algo en esa cabezota suya, lleva su tiempo sacárselo. Y tiempo es lo que no tenemos.

Retrocedo hasta el pretil del puente. Mirando sobre la barandilla, atisbo las poleas y los cabrestantes suspendidos abajo... y luego el océano, al fondo. La cabeza me da vueltas y el estómago se me hunde hasta el suelo. Al volver tambaleándome al medio del puente, me percato de lo mala que es mi posición.

En la distancia se yergue el inmenso navío de velas negras de Gangplank. De él surge toda una armada de botes de remos que se acercan a toda prisa. Parece que todos sus hombres se dirigen hacia aquí.

No puedo pasar a través de los Garfios, no puedo pasar a través de las Gorras y no puedo sacar a Graves de su obstinación.

Solo me queda un camino.

Me encaramo al pretil del puente. Estamos incluso a mayor altura de lo que creía. El viento encrespa mi abrigo, que restalla como las velas de un barco. Nunca debí regresar a Aguas Estancadas.

—Bájate de ahí, pero ya —dice Graves. ¿Detecto una leve desesperación en su voz? Lo destrozaría que yo muriese antes de darle la confesión que tanto anhela.

Cojo todo el aire que puedo. Es un descenso largo de narices.

—Tobias —dice Malcolm—. Retrocede.

Me detengo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba ese nombre.

Luego, salto del puente.

Acto II ― Tercera parte

Acto II ― Tercera parte

La actuación, Un observador, En la noche

La Hidra Insolente era una de las pocas tabernas en Aguas Estancadas que no tenía serrín esparcido por el suelo. Raramente caían bebidas, y más raramente algún diente, pero esta noche se podía oír a los habituales desde el Despeñadero del Marinero.

Hombres de cierta reputación e incluso mayores medios entonaban maravillosas canciones sobre los actos más impíos.

Y allí, en el medio de todos, se hallaba la maestra de ceremonias de la jarana.

Giraba sobre sí misma, brindando por la salud del práctico del puerto y todos sus vigilantes. Su lustrosa cabellera roja parecía flotar y atraía la mirada de todos los hombres del salón, que tampoco habían estado mirando otra cosa en toda la noche.

Ni un solo instante había estado vacío ningún vaso. De ello se había encargado la sirena de melena carmesí. Pero no eran los sentidos embotados lo que hacía acercarse a los hombres: era la promesa gloriosa de ver una vez más su sonrisa.

Mientras el jolgorio seguía sacudiendo la taberna, la puerta principal se abrió y entró un hombre de atuendo corriente. Discreto en un grado que solo se adquiere tras años de práctica, se acercó a la barra y pidió una bebida.

La joven, rodeada por la torpe congregación, agarró un vaso recién servido de cerveza ámbar.

—Mis excelsos camaradas, me temo que debéis excusarme —dijo con grandilocuencia.

Los hombres de la guardia del puerto respondieron con estentóreos bramidos de protesta.

—Vamos, vamos. Nos hemos divertido ya lo suficiente —dijo, regañándolos afablemente—. Pero me espera una noche atareada y ya llegáis tarde en demasía a vuestros puestos.

Saltó sobre una mesa con aplomo y los observó desde arriba con triunfal regocijo.

—¡Que la Madre Serpiente nos perdone a todos nuestras faltas!

Les dedicó su sonrisa más cautivadora, llevó a sus labios la jarra y la vació de un único y prodigioso trago.

—Especialmente, las grandes —dijo, al tiempo que estrellaba la jarra sobre la mesa.

Se limpió la espuma de los labios con el dorso de la mano y recibió un ferviente rugido de aprobación.

Respondió lanzando un beso a los congregados.

El práctico del puerto le sostuvo la puerta, galante. Esperaba ganarse así una última mirada de aprobación, pero la joven desapareció en las calles antes de que el práctico pudiera incorporarse de su inestable reverencia.

Fuera, la luna se había hundido tras el Pico del Burgués y la sombra de la noche parecía alargarse para reunirse con la mujer. Cada paso que daba alejándose de la taberna era más decidido y seguro. El velo alegre se disipó y reveló su verdadero yo.

Nada quedaba de su sonrisa ni de su mirada de júbilo y maravilla. Su mirada era grave y no se fijaba en las calles y callejones que la rodeaban, sino más allá, en la miríada de posibilidades de la oscura noche que le aguardaba.

Tras ella, el hombre de atuendo corriente se aproximaba. Sus pasos eran silenciosos, pero inquietantemente veloces.

En un instante, sus trancos entraron en perfecta sincronía con los de ella. Se mantenía a su espalda, fuera de su campo de visión.

—¿Está todo en orden, Rafen? —preguntó ella.

Tras tantos años, seguía desconcertándolo que nunca pudiese sorprenderla.

—Sí, capitana.

—¿Te ha visto alguien?

—No —contestó el hombre a la defensiva, controlando a duras penas su malestar por la pregunta—. No había vigías del práctico en la bahía y el barco estaba prácticamente vacío.

—¿Y el muchacho?

—Hizo su papel.

—Bien. Nos encontraremos a bordo de la Sirena.

Tras la orden, Rafen se alejó y desapareció en la oscuridad.

Ella prosiguió mientras la noche se enroscaba a su alrededor. Todo estaba en marcha. Lo único que restaba era que sus actores comenzasen el espectáculo.

Acto II ― Cuarta parte

Acto II ― Cuarta parte

En picado, El mejor par de botas, Naranjas

Escucho rugir a Graves al saltar desde el puente. Lo único que veo es la cuerda, abajo. No hay que pensar en la caída o en las negras profundidades sin fondo.

Todo es un borrón de viento fortísimo.

Casi grito de alegría al agarrar la cuerda, pero me quema la mano como un hierro candente. Mi caída termina de forma brusca cuando la cuerda llega a su límite.

Me quedo allí colgado un instante, maldiciendo.

He oído que caer sobre el agua desde una altura así normalmente no mataría a un hombre, pero prefiero arriesgarme con el muelle de piedra que está unos quince metros más abajo. Moriré, pero es una perspectiva mucho más halagüeña que ahogarse.

Entre la plataforma de piedra y yo, un par de gruesos cables se extienden hasta tierra firme, uno hacia adelante y otro hacia atrás. Obtienen su potencia de unos mecanismos ruidosos y rudimentarios. Se utilizan para transportar cómodamente las partes descuartizadas de las bestias marinas a los mercados de Aguas Estancadas.

Los cables se balancean a causa de una pesada cuba oxidada, grande como una casa, que avanza trabajosamente hacia mí.

Dejo que una sonrisa asome a la comisura de mis labios durante un segundo. Hasta que veo lo que hay en la cuba, claro. Estoy a punto de caer sobre una cisterna burbujeante de tripas de pescado podridas.

Me llevó meses ganar lo suficiente para pagarme las botas. Flexibles como tela de araña y recias como el acero templado, fueron elaboradas con la piel de un dragón marino abisal. No hay ni cuatro pares iguales en todo el mundo.

Maldita sea.

Mido los tiempos a la perfección y aterrizo en el medio del cubo de carnaza. El frío jarabe se filtra por cada costura de mis preciadas botas hechas a mano. Al menos, el sombrero sigue limpio.

De repente escucho de nuevo el eructo de esa maldita escopeta.

El cabo de amarre explota.

La cuba chirría y se suelta de los cables. Me quedo sin aire cuando el contenedor se estrella contra la plataforma de piedra. Puedo sentir los cimientos del muelle temblar antes de que todo se caiga de lado.

El mundo se derrumba sobre mi cabeza, junto con una tonelada de tripas de pescado.

Me pongo en pie a duras penas y busco otra salida. Las lanchas de Gangplank se acercan. Ya casi están aquí.

Aturdido, me arrastro hacia un pequeño barco atracado junto al muelle de carga. No estoy ni a mitad de camino cuando el fogonazo de una escopeta destroza el casco y lo manda a pique.

Mientras el barco se hunde, caigo de rodillas, agotado. Trato de recuperar el aliento y de ignorar el hedor. Malcolm está de pie ante mí. De alguna forma, se las ha apañado para bajar. Como no podía ser de otro modo.

—Vaya, parece que se nos acabó el encanto ¿eh? Graves sonríe y me mira de hito en hito.

—¿Es que nunca aprenderás? —respondo, poniéndome en pie—. Cada vez que trato de ayudarte, me...

Dispara justo a mis pies. No me cabe duda de que se me ha clavado un trozo de algo en la espinilla. —Si tan solo me escu...

—Oh, lo de escucharte se ha acabado —me interrumpe monótonamente—. El mayor golpe de nuestras vidas y, antes de que me diese cuenta, te habías esfumado.

—¿Antes de darte cuenta? Te dije que...

Otro fogonazo, otra lluvia de esquirlas, pero ya me da todo igual.

—Traté de sacarnos de allí. Todos los demás vimos que el trabajo se iba al garete —le digo—. Pero tú seguiste en tus trece. Como siempre. La carta está en mi mano antes de que me dé cuenta siquiera.

—Te lo dije ya entonces, lo único que tenías que hacer era cubrirme las espaldas. Hubiésemos salido de allí de rositas... y ricos. Pero huiste —dice, acercándose. El hombre al que conocí parece perdido tras años de odio.

Ya no intento decir nada más. Ahora puedo verlo en sus ojos. Algo en su interior se ha roto.

Por encima de su hombro, un destello fija mi atención. Una pistola de pedernal. Los primeros hombres de Gangplank se nos han echado encima.

Sin pensarlo, lanzo la carta con dos dedos. Corta al aire en dirección a Graves.

Su arma retruena.

Mi carta elimina al hombre de Gangplank. Su pistola apuntaba a la espalda de Malcolm.

Tras de mí, otro miembro de la tripulación se desploma con un cuchillo en la mano. Si Graves no le hubiese disparado, me hubiese dejado en el sitio.

Nos miramos mutuamente. Viejos hábitos.

Los hombres de Gangplank nos rodean ahora por completo, aullando y mofándose. Hay demasiados para intentar luchar.

Eso no es un obstáculo para Graves. Levanta el arma, pero no le quedan cartuchos.

No saco más cartas. Es inútil.

Malcolm ruge y se les echa encima. Ese es su estilo. Hace añicos la nariz a uno de los malandrines con la culata de la escopeta antes de que la turba lo machaque.

Unas manos me agarran firmemente por los brazos. Ponen a Malcolm en pie, tiene la cara cubierta de sangre.

El vocerío y la algarabía que nos rodea cesan de forma inquietante.

El muro de matones se abre para revelar una figura con un abrigo rojo que avanza a grandes pasos hacia nosotros.

Gangplank.

Visto de cerca, es mucho más grande de lo que cabría imaginar. Y más viejo. Las líneas de su cara son profundas, cinceladas.

En una mano sostiene una naranja que pela con un pequeño trinchante. Lo hace lentamente, con cortes precisos.

—Bueno, así que decidme, muchachos. —Su voz es un gruñido profundo y resonante—. No seréis admiradores de la talla en hueso, ¿verdad?

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Acto III ― Primera parte

Acto III ― Primera parte

Sangre, Verdad, La Hija de la Muerte

El puño vuelve a estrellarse contra mi cara. Caigo como un saco de patatas sobre la cubierta de la nave de Gangplank. Los grilletes de arrabio se me clavan en las muñecas.

Vuelven a incorporarme y me fuerzan a arrodillarme junto a T. F. Aunque las piernas tampoco me sostendrían si esta manga de perros sarnosos me pusiese de pie.

El garrulo inmenso de músculos como piedras que me ha pegado se me aparece ora nítido, ora borroso.

—Vamos, hijo —digo arrastrando las palabras—. Lo estás haciendo mal.

La siguiente no la veo venir. Solo siento una explosión de dolor. Vuelvo a estar tendido sobre la cubierta. Me izan y me obligan a arrodillarme otra vez. Escupo sangre y dientes. Y luego sonrío.

—Hasta mi madre pega más fuerte que tú, chaval. Y ya lleva cinco años muerta y enterrada, la pobre.

Se acerca para tumbarme de nuevo, pero una orden de Gangplank lo detiene en seco.

—Ya basta —dice el capitán.

Tambaleándome levemente, trato de concentrarme en el contorno borroso de Gangplank. Poco a poco, mi mirada se aclara. Veo que lleva a la cintura el dichoso cuchillo que robó T. F.

—Conque Twisted Fate, ¿eh? Me han dicho que eres bueno, y siempre he sentido respeto por los buenos ladrones —dice Gangplank. Se aproxima y mira de cerca a T. F. Pero un buen ladrón sabe de sobra que a mí no se me roba. Se acuclilla y me mira directamente a los ojos.

—En cuanto a ti... Si tuvieses dos dedos de frente, habrías puesto esa escopeta a mi servicio. Pero ya es tarde para eso.

Gangplank se yergue y nos da la espalda.

—Soy un hombre razonable —continúa—. No espero que la gente se arrodille ante mí. Todo lo que pido es un mínimo de respeto. Un respeto del que os habéis burlado. Y eso es algo que no puede quedar sin castigo.

La tripulación está inquieta, como una jauría que ansía recibir la orden de descuartizarnos. Pero no me dejo intimidar. No voy a darles esa satisfacción.

—Hacedme un favor —digo, haciendo un gesto con la cabeza hacia T. F.—. Matadlo a él primero.

Hago reír a Gangplank.

Asiente levemente hacia un tripulante, que comienza a aporrear la campana del navío. En respuesta, decenas de campanas repican por toda la ciudad portuaria. Borrachos, marineros y tenderos comienzan a salir a la calle, curiosos ante el jaleo. Este desgraciado quiere público.

—Muchachos, Aguas Estancadas nos contempla —dice—. Es hora de brindarle un espectáculo. ¡Sacad a la Hija de la Muerte aquí fuera!

Se suceden los vítores y la cubierta retumba con el clamor de los pies que marcan el paso. Sacan rodando un viejo cañón. A pesar del óxido y de la pátina verde de la edad, sigue siendo una preciosidad.

Dirijo la vista hacia T. F. Tiene la cabeza gacha y no dice nada. Le quitaron las cartas. Aunque les costó encontrarlas todas. Ni siquiera le dejaron su estúpido sombrero de dandi: un patán enclenque de la turba lo lleva puesto.

En todos los años que he conocido a T. F., siempre tenía una salida. Aquí y ahora, sin escapatoria, parece derrotado.

Bien.

—Por fin te van a dar lo que te mereces, miserable —le gruño.

Me devuelve la mirada. Su espíritu sigue vivo.

—No estoy orgulloso de cómo salieron las cosas...

—¡Me abandonaste para que me pudriera! —lo interrumpo.

—El resto de la banda y yo tratamos de sacarte de allí. ¡Y murieron por ello! —me espeta—. Perdimos a Kolt, a Wallach y al Ladrillo, a todos, tratando de rescataros a ti y a tu dura cabezota.

—Pero tú te escapaste —le replico—. ¿Sabes por qué? Porque eres un cobarde. Y nada que puedas decir va a cambiar eso.

Mis palabras lo golpean como un puñetazo al vientre. No discute. El último destello de su espíritu se apaga y sus hombros se hunden. Está acabado.

Ni siquiera T. F. podría ser tan buen actor. Mi rabia se disipa.

De repente, me siento cansado. Cansado y viejo.

—Todo se fue al cuerno y tal vez ambos tengamos la culpa —dice—. Pero no te miento. Intentamos sacarte de allí. No importa. Creerás lo que te dé la gana, de todas formas.

Pasa un instante antes de que sus palabras hagan efecto. Y un instante todavía más largo antes de darme cuenta de que le creo.

Que me aspen, tiene razón.

Hago las cosas a mi modo. Siempre lo he hecho. Cuando llevaba las cosas demasiado lejos, allí estaba él, guardándome las espaldas. Siempre era él quien tenía un plan de escape.

Pero ese día no le escuché, ni he vuelto a hacerlo desde entonces.

Y ahora, ambos moriremos por mi culpa.

De repente, nos levantan de un tirón a los dos y nos arrastran hacia el cañón. Gangplank acaricia la boca del tubo como si fuese un preciado sabueso.

—La Hija de la Muerte siempre me ha servido bien —dice—. Hace tiempo que quiero jubilarla como se merece.

Acercan una pesada cadena y los marineros comienzan a enroscarla en torno al cañón. Ahora veo cómo van a acabar las cosas.

Nos ponen a T. F. y a mí espalda contra espalda, nos rodean las piernas con la cadena y la pasan a través de los grilletes. El cierre de un candado sella nuestra unión.

Se abre una puerta de embarque de la amurada del navío y empujan el cañón hasta el hueco. Los muelles y embarcaderos de Aguas Estancadas están ahora hasta la bandera de mirones, llegados a ver el espectáculo.

Gangplank apoya el tacón de la bota sobre el cañón.

—De esta no sé cómo salir —dice T. F. por encima del hombro—. Siempre supe que un día harías que me matasen.

Se me escapa una carcajada. Hacía mucho tiempo que no me reía.

Nos arrastran hasta el borde de la nave, como reses al matadero.

Supongo que aquí termina mi historia. Tuve mis buenos momentos. Pero a nadie le sonríe la suerte eternamente.

Y es entonces cuando sé lo que debo hacer.

Cuidadosamente, forcejeando con los grilletes, me llevo la mano al bolsillo trasero. Todavía sigue ahí: la carta que se le cayó a T. F. en el almacén. Había planeado metérsela por el maldito gaznate.

Cachearon a T. F. de arriba abajo en busca de sus cartas... pero no a mí.

Le doy un leve empujón. Así atados, espalda contra espalda, es fácil darle la carta sin que nos vean. Puedo notar cómo vacila cuando se la paso.

—Sois un pobre tributo, vosotros dos, pero serviréis —dice Gangplank—. Dadle mis saludos a la Dama Barbuda.

Saludando a la galería con la mano, Gangplank tira el cañón por la borda de una patada. Se zambulle con una gran salpicadura y se hunde rápidamente. La cadena se va desenroscando en la cubierta.

Ahora, al final, creo a T. F. Sé que lo intentó todo para salvarme, como todas aquellas veces en que huimos juntos. Por una vez soy yo quien tiene el plan de fuga. Al menos, puedo hacer esto por él.

—Lárgate de aquí.

T. F. comienza su particular liturgia y gira la carta entre los dedos. A medida que el poder comienza a acumularse, siento una incómoda presión en la nuca. Siempre he odiado estar junto a él cuando hace su truco.

Y de repente, ya no está.

Las cadenas que lo envolvían caen sobre la cubierta ruidosamente y el gentío vocifera. Mis cadenas siguen fuertemente apretadas. No voy a salir de esta, pero merece la pena solo por ver la cara que pone Gangplank.

El tirón de la cadena me derriba. Me estampo con fuerza contra la cubierta y suelto un gruñido de dolor. En un instante, soy arrastrado por la borda del barco.

Las gélidas aguas me golpean y me quitan el aliento.

Ya está. Me hundo deprisa, arrastrado hacia la oscuridad.

Acto III ― Segunda parte

Acto III ― Segunda parte

La zambullida, Una lucha con la oscuridad, Paz

La carta que Malcolm pone en mi mano bien podría servirme para llegar hasta el embarcadero. Estoy muy cerca de la orilla y, desde allí, el enorme gentío es perfecto para desvanecerme. Podría salir de esta condenada isla de ratas en menos de una hora. Y esta vez, nadie me encontraría jamás.

Pero lo único que puedo imaginar es su jeta ceñuda desapareciendo en las profundidades.

La madre que lo parió.

No puedo abandonarlo, no después de la última vez. De esto sí que no habría forma de huir. Sé a dónde ir.

La presión aumenta y me transfiero.

En un instante estoy justo detrás de Gangplank, listo para actuar.

Un tripulante me ve. Parece estupefacto, como si estuviese tratando de averiguar cómo he llegado hasta allí. Mientras se lo piensa, le doy un puñetazo en todos los morros. Cae sobre una muchedumbre perpleja de marineros. Todos se giran hacia mí con los alfanjes desenvainados. Gangplank inicia el ataque con un tajo directo a la garganta.

Pero yo soy más rápido. En un solo movimiento, me escurro bajo el arco del acero y le birlo a Gangplank la preciada daga de plata del cinturón. Oigo a mi espalda una retahíla de insultos que podría partir el mástil en dos.

Salto sobre la cubierta y me guardo la daga en los pantalones mientras el extremo de la cadena vuela hacia el borde del barco. Me estiro y atrapo el último eslabón de acero justo antes de que desaparezca.

El tirón de la cadena me arrastra más allá del borde y entonces me doy cuenta de lo que he hecho.

El agua se acerca a toda velocidad. En ese instante detenido en el tiempo, mi fuero interno me grita que suelte la cadena. Haberme criado junto a un río y no saber nadar es algo que me ha atormentado toda la vida... y ahora va a ser lo que acabe conmigo.

Tomo aire en una última inspiración y, entonces, un disparo de mosquete me desgarra el hombro. Grito de dolor y pierdo esa última bocanada justo antes de verme arrastrado hacia el fondo.

El agua helada me golpea la cara como un puñetazo y me hundo en la opresiva masa azul.

Esta es mi pesadilla.

El pánico se desborda. Trato de aplacarlo. A punto está de superarme. Más disparos perforan la superficie del agua sobre mí. Continúo hundiéndome.

Los tiburones y los peces diablo nadan en círculo. Pueden saborear la sangre. Me siguen en mi descenso al abismo.

No hay más que terror. Ya no hay dolor. El latido del corazón me retumba en los oídos. El pecho me arde. No debo tragar agua. La oscuridad se enrosca en torno a mí. Demasiada profundidad. No hay vuelta atrás. Ahora lo sé.

Pero quizás pueda salvar a Malcolm.

Oigo debajo de mí un golpe sordo y la cadena se afloja. El cañón ha llegado al lecho marino.

Tiro de la cadena para descender aún más hacia las sombras. Distingo un bulto. Creo que es Graves. Me arrastro hacia él frenéticamente.

De repente lo tengo delante, aunque apenas si distingo el contorno de su rostro. Creo que está negando con la cabeza, enfadado por que haya venido a buscarlo.

Estoy a punto de desfallecer. Tengo el brazo dormido y siento cómo se me aplasta el cráneo.

Suelto la cadena y saco la daga de la cintura. Mi mano tiembla.

Tanteo en la oscuridad. Por algún milagro doy con el candado de los grilletes de Graves. Manipulo con la hoja, como he hecho antes con un millar de candados. Pero las manos no me dejan de temblar.

Incluso Graves debe de estar aterrorizado. A estas alturas, sus pulmones tienen que estar a punto de reventar. El candado ni se inmuta.

¿Qué haría Malcolm en mi lugar?

Retuerzo la daga. Sin florituras, solo fuerza bruta.

Algo cede. Creo que me he cortado la mano. La daga cae. Hacia el abismo. Allá va... ¿Está brillando?

Sobre mí, un rojo resplandeciente. Rojo y naranja... Por todas partes. Qué belleza... De modo que así es morirse.

Me río.

El agua entra a borbotones.

Por fin, paz.

Acto III ― Tercera parte

Acto III ― Tercera parte

Fuego y destrucción, Una conclusión, Las cosas van a peor

Miss Fortune contemplaba el puerto desde la cubierta de su navío, la Sirena. Las llamas se reflejaban en sus ojos mientras interiorizaba la magnitud de la destrucción que había desatado.

Cuanto quedaba del navío de Gangplank era una ruina llameante. La tripulación había muerto en la detonación, se había ahogado en el caos o bien había sido pasto de los peces cuchilla que infestaban las aguas.

Había sido glorioso. Una inmensa bola giratoria de fuego había encendido la noche como un nuevo sol.

La mitad de la ciudad había sido testigo; el mismo Gangplank se había encargado de ello, como Miss Fortune sabía que haría. Tenía que hacer desfilar a Twisted Fate y a Graves delante de Aguas Estancadas. Tenía que recordarle a todo el mundo por qué nadie debe contrariarle. Para Gangplank, las personas no eran sino herramientas que empleaba para mantener el control... y ella lo había utilizado para matarlo.

Por toda la ciudad portuaria retumbaba el eco de los gritos y el tañido de las campanas. Las noticias habrían corrido como regueros de pólvora.

«Gangplank ha muerto».

Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa.

Esta noche era simplemente la culminación del juego: contratar a T. F., el chivatazo a Graves... y todo únicamente para distraer a Gangplank. Le había llevado años cobrarse su venganza.

Su sonrisa se desvaneció.

Desde el momento en que Gangplank entró en el taller de su familia con el rostro oculto tras un pañuelo rojo, Sarah había estado preparándose para esta ocasión.

Aquel día perdió a sus dos padres. Era tan solo una niña, pero él le disparó igualmente mientras los veía desangrarse en el suelo.

Gangplank le enseñó una dura lección: que no importa cuán segura te sientas, tu mundo, todo lo que has construido, todo aquello que te importa, puede serte arrebatado en un instante.

El único error del pirata había sido no asegurarse de que estuviera muerta. La rabia y el odio la habían mantenido viva aquella primera noche de frío y dolor, y todas las noches posteriores.

Durante quince años había reunido todo lo que necesitaba. Había aguardado hasta no ser más que un recuerdo para él, de modo que bajase la guardia y se acomodase a la vida que se había construido. Solo entonces Gangplank podría de verdad perderlo todo. Solo entonces sabría lo que es perder el hogar, el propio mundo.

Debería haberse sentido exultante, pero solo se sentía vacía.

Rafen se unió a ella en el trancanil y la sacó abruptamente de su ensoñación.

—Está muerto —dijo—. Se acabó.

—No —replicó Miss Fortune—. Todavía no.

Dio la espalda al puerto y fijó la mirada en Aguas Estancadas. Sarah había esperado que matar a Gangplank aniquilara también su odio. Pero lo único que había conseguido era desatarlo. Por primera vez desde aquel día, se sentía verdaderamente poderosa.

—Esto es solo el comienzo —dijo—. Quiero que todos los que le eran leales respondan de sus actos. Quiero las cabezas de todos sus lugartenientes colgadas en mi pared. Que arda cada burdel, taberna y almacén que porte su marca. Y quiero su cadáver.

Rafen se estremeció. Había oído palabras semejantes en el pasado, pero nunca de ella.

Acto III ― Cuarta parte

Acto III ― Cuarta parte

Cielos rojos, Reparto de carnaza, Reconciliación

He pensado mucho sobre las formas en las que me gustaría morir. Pero, ¿encadenado como un perro en el fondo del océano? Esa nunca se me pasó por la mollera. Por suerte para mí, T. F. se las apaña para abrir el candado de los grilletes antes de soltar la daga.

Me deshago de las cadenas revolviéndome como un gato, desesperado por respirar. Me giro hacia T. F.; el pobre diablo ya no se mueve. Le agarro el cuello de la camisa y empiezo a nadar hacia la superficie.

Mientras ascendemos, todo se ilumina súbitamente de un rojo resplandeciente.

Una onda expansiva me pone cabeza abajo. Trozos de hierro se hunden a nuestro alrededor. Un cañón nos pasa cerca. Luego, un pedazo chamuscado del timón. Y cadáveres. Un rostro cubierto de tatuajes me mira con una mueca de horror. La cabeza arrancada desaparece lentamente en la oscuridad.

Pataleo más rápido, con los pulmones a punto de reventar.

Siglos más tarde, llego a la superficie boqueando y escupiendo agua salada entre estertores. Pero el maldito aire es casi irrespirable. El humo me asfixia y me araña los ojos. He visto mis buenos incendios, pero nada parecido a esto. Es como si alguien hubiese prendido fuego al mundo entero.

—Mierda... — me oigo murmurar.

El barco de Gangplank se ha volatilizado. Hay escombros humeantes dispersos por toda la bahía. Islas de madera en llamas se derruyen por todas partes y se hunden con un siseo. Una vela pasto del fuego cae justo ante nosotros y a punto está de devolvernos al fondo de una vez por todas. Hombres en llamas saltan al agua a la desesperada desde los restos humeantes para apagar sus gritos. El olor es el del fin del mundo: azufre y ceniza y muerte, pelo quemado y piel derretida.

Miro cómo está T. F. A duras penas consigo mantenerlo a flote. El condenado pesa mucho más de lo que aparenta, y tener la mitad de las costillas rotas tampoco ayuda. Encuentro un trozo de casco carbonizado flotando cerca. Parece lo bastante sólido. Lo subo y luego me encaramo yo. No es el colmo de la navegabilidad, pero servirá.

Por primera vez, le echo un buen vistazo a T. F. No respira. Me desahogo sobre su pecho a puñetazo limpio. Justo cuando temo hundirle las costillas, vacía tosiendo los pulmones de agua de mar. Me desplomo y sacudo de nuevo la cabeza mientras recupera la consciencia.

—¡Maldito tarado de las narices! Pero ¿cómo se te ocurrió volver a por mí?

Le lleva un minuto responder.

—Se me ocurrió que podía probar a tu manera —murmura, arrastrando las palabras—. Y comprobar lo que se siente siendo un cabezota. Vomita más agua. —Se siente uno fatal.

Peces cuchilla y otras criaturas marinas todavía más sanguinarias comienzan a arremolinarse en torno a nosotros. No voy a ser la pitanza de ningún bicho. Retiro los pies del borde.

Un tripulante mutilado sale flotando a la superficie y trata de agarrarse a nuestra balsa. Le planto la bota en la cara y lo aparto. Un grueso tentáculo se enrosca en su cuello y lo arrastra hacia las aguas. Ahora los peces tienen algo más con lo que entretenerse.

Antes de que se queden sin carne fresca, arranco una plancha de la balsa y la uso para remar lejos de la sangrienta vorágine.

Sigo remando durante lo que parecen horas. Me pesan y me duelen los brazos, pero sé de sobra que no debo parar. Una vez he puesto un buen trecho entre nosotros y la masacre, me derrumbo de espaldas.

Exhausto como una escopeta sin cartuchos, dirijo la vista a la bahía. Las aguas están rojas con la sangre de Gangplank y su tripulación. No hay ni un superviviente en lontananza.

¿Cómo es que sigo respirando? Tal vez sea el hombre con más suerte de toda Runaterra. O tal vez T. F. tenga suerte de sobra para los dos.

Veo un cuerpo flotando en las cercanías, sosteniendo un objeto que me resulta familiar. Es el patán enclenque, aún aferrado al sombrero de T. F. Se lo quito y se lo lanzo a T. F. No se sorprende ni un poquito, como si ya supiera que lo recuperaría.

—Ahora solo tenemos que encontrar tu escopeta —dice.

—Qué pasa, ¿ya echas de menos volver ahí abajo? —le digo, señalando las profundidades.

T.F. se pone de un color verduzco que no puede ser bueno.

—No tenemos tiempo para eso. Quienquiera que haya hecho esto, ha dejado Aguas Estancadas descabezada. Las cosas se van a poner feas en menos que canta un gallo.

—¿Me estás diciendo que puedes vivir sin tu escopeta?

—Tal vez no —contesto—. Pero conozco un armero realmente bueno en Piltover.

—En Piltover... —musita, ensimismado.

—Ahora mismo se mueven muchos cuartos por esos lares —digo.

T. F. cavila intensamente por un instante.

—Um. No me convence tenerte de socio otra vez. Eres todavía más tonto que antes —responde finalmente.

—No pasa nada. A mí tampoco me convence tener un socio que se llama Twisted Fate. ¿A quién demonios se le ocurrió?

—Bueno, es mucho mejor que mi verdadero nombre —ríe T. F.

—También es verdad —admito.

Sonrío. Es como en los viejos tiempos. Luego me pongo serio y lo miro directamente a los ojos.

—Solo una cosa: como se te ocurra dejarme de nuevo colgado, te vuelo la tapa de los sesos. Sin preguntas.

La risa de Fate languidece y, por un momento, me mira furioso. Después de un buen rato, se limita a sonreír.

—Trato hecho.

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Epílogo

Epílogo

Caos, El hombre mermado, Propósito

Aguas Estancadas se devoraba a sí misma. En las calles resonaban los alaridos de los desesperados y los agonizantes. Los incendios que consumían los humildes suburbios hacían llover ceniza por toda la ciudad. Ante la falta de control, todas las bandas se apresuraban a llenar el vacío de poder dejado por la caída de un solo hombre. Tres sencillas palabras habían desatado la guerra: «Gangplank ha muerto».

Las ambiciones desmedidas y las rencillas incubadas a lo largo de los años salían ahora a la luz.

En los muelles, una cuadrilla de balleneros linchó a un pescador rival. Lo ensartaron con arpones y dejaron su cuerpo colgando de un palangre.

En el pico más alto de la isla, las altas y opulentas puertas que habían permanecido allí desde la fundación de Aguas Estancadas fueron desencajadas a golpes. El líder de una banda fue sacado a rastras de la cama. Los gimoteos no cesaron hasta que su cráneo rodó por los magníficos escalones de mármol de la entrada de su casa.

En el embarcadero, un miembro de las Gorras Rojas a la fuga trataba de taponar una herida en la cabeza. Miraba por encima del hombro, pero no veía rastro de sus perseguidores. Los Garfios Dentados se habían vuelto contra las Gorras. Tenía que regresar a la casa donde se reunían y avisar a la pandilla.

Dobló la esquina gritando a sus compinches que se armasen y se reuniesen con él. La sed de sangre se le secó al instante en la garganta. Delante del mismísimo cubil de las Gorras Rojas había una banda de Garfios. Sus hojas chorreaban sangre y vísceras. A su cabeza, una figura enjuta, apenas humana, arrugó su rostro picado de viruela en una sonrisa sanguinaria.

El Gorra Roja tuvo tiempo de proferir una última maldición.

Al otro lado de la bahía, cerca de un callejón tranquilo, un médico trataba de hacer su trabajo. El oro que había recibido era más que suficiente para adquirir sus servicios... y comprar su silencio.

Le había llevado media hora separar el abrigo empapado de la carne deshecha del brazo. Había visto muchas heridas horripilantes en su vida, pero incluso él dio un paso atrás ante la visión del miembro mutilado. Se detuvo un instante, aterrado por la respuesta que sus siguientes palabras pudiesen provocar.

—Lo... lo siento. No puedo salvar el brazo.

En la penumbra de la sala iluminada con velas, los restos ensangrentados de un hombre se recompusieron antes de ponerse en pie a trompicones. La mano íntegra salió despedida como un látigo y atenazó la garganta del tembloroso doctor. Lo levantó un palmo del suelo y lo inmovilizó contra la pared.

Por un terrible instante, el bruto impasible valoró qué hacer con aquel médico. Entonces lo dejó caer sin miramientos.

Preso del pánico y la confusión, el galeno tosió violentamente, mientras aquella masa sombría se dirigía al otro extremo de la estancia. Llegó al deslucido escritorio del doctor y allí abrió el cajón de arriba, a la luz de la linterna. Metódicamente, el paciente fue abriendo cada uno de los cajones. Por fin, se detuvo.

—Todo tiene un propósito —dijo, mirando su brazo mutilado.

Extrajo algo del cajón y lo arrojó a los pies del doctor. Allí, reluciente a la luz del candil, yacía el limpio acero de un serrucho quirúrgico.

—Córtalo. Tengo trabajo que hacer.

Camorristas del Mercado Negro

En Aguas Estancadas, todo está a la venta

Tras el hundimiento del Heraldo de la Muerte, el almacén repleto de riquezas de Gangplank ha sido saqueado y los seguidores del temible pirata han cambiado de bando.

Ganad y gastad krakens para obtener la ayuda de súbditos camorristas y mejorar sus habilidades, su ataque o su defensa. Estas unidades, una vez reclutadas, sustituyen a los súbditos normales en todas las oleadas y en las tres calles durante el resto de la partida.

Los krakens se pueden ganar de muchas formas.

  • • Un kraken cada sesenta segundos
  • • Dos krakens por asesinato
  • • Un kraken por ayuda
  • • Un kraken por monstruo épico asesinado
  • • Un kraken por monstruo gigante asesinado en la jungla enemiga

Gastad vuestros krakens para mejorar vuestros súbditos camorristas y obtener sinergias con vuestros compañeros o explotar las debilidades enemigas.

  • • Mejorar las habilidades de los camorristas
  • • Aumentar el ataque de los camorristas
  • • Aumentar la defensa de los camorristas

NOTA: La destrucción de un inhibidor en Camorristas del Mercado Negro, en lugar de convocar supersúbditos, aumenta de manera drástica las mejoras de todos los súbditos y camorristas de la calle correspondiente.

Tipos de mercenario

Espaldas de Hierro

(Cuerpo a cuerpo: Tanque de asedio)

Las mejoras de habilidades otorgan un escudo, reducen el daño causado por otros súbditos o reducen el daño recibido por las estructuras.

Moluscos-Vaina

(A distancia: Utilidad y apoyo)

Las mejoras de habilidades otorgan escudos a los súbditos aliados, permiten espiar la jungla cercana con efectos de clarividencia y protegen frente a las emboscadas.

Cangrejos Saqueadores

(A distancia: Hostigamiento de campeones)

Las mejoras de habilidades aumentan el control de zonas y la Velocidad de Ataque y al final permiten dañar a todos los campeones situados a su alcance.

Aletas Navaja

(Cuerpo a cuerpo: Perseguidor de campeones)

Las mejoras de habilidades ayudan a los Aletas Navaja a perseguir a los campeones enemigos, infligir daño verdadero y finalmente abrumar al rival por pura superioridad numérica.

Objetos del Mercado Negro

Capítulo Perdido

El capítulo perdido de un antiguo libro.

Rito de la Ruina

Los edificios caen derruidos más deprisa que antes.

Grimorio de Zancada Infernal

Otorga velocidad adicional cada vez que un hechizo alcanza a un enemigo.

Viruela Arcana

Este libro, creado a partir del Capítulo Perdido, envía una plaga que afecta a los enemigos afectados por hechizos. Además, permite eliminar la plaga para causar más daño.

Gambito del Mártir

Los tanques pueden compartir durante breve tiempo el dolor de un campeón aliado y sacrificar su Vida en lugar de la de este.

Coraza del Muerto

Esta armadura para tanques aumenta la velocidad e inercia de quien la lleva, que al abalanzarse sobre el enemigo inflige más daño.

Tenebresfera

Protege a los aliados frente al daño y otorga Oro al mismo tiempo.

Orbe del Estafador

Protege a los aliados frente al daño y otorga Oro al mismo tiempo.

Burbuja de Confianza

Protege a los aliados frente al daño y otorga Oro al mismo tiempo.

Garras Tifón

Al enfrentarse en duelo a un enemigo, usa periódicamente ataques de remolino.

Cristal del Embustero

Disfraza al portador de campeón aliado para confundir a sus enemigos.

Comecarne

Alimentad a esta espada con súbditos para curar al portador y aumentar el poder del arma.

Bastón de Aguas Fluidas

Aumenta el poder del campeón al moverse en el río, con una bonificación de Regeneración de Maná y Velocidad de Movimiento.

Titiritero

Aplica a los objetivos de autoataques unos hilos de los que se puede tirar para desplazarlos.

Hoja Espejismo

Tras marcar a su objetivo con un autoataque, se teleporta a una distancia segura de él.

Encantamiento de Botas: Teleportar

Se teleporta hasta una unidad aliada.

ARAM en El Puente del Carnicero

El Puente del Carnicero es una batalla campal

Antaño, el Puente del Carnicero daba acceso a la entrada de un templo. Hoy se mantiene en pie a duras penas y comunica los muelles del matadero con una de las barriadas de Aguas Estancadas.

Blog de los desarrolladores

Aspectos del evento

750 RP

Graves Despiadado

Cuando Graves era joven aprendió el valor de la vida humana. Entonces empezó a cobrarlo.

750 RP

Twisted Fate Ratero

El bueno de Twisted Fate no tardó mucho en descubrir lo importante que es llevar siempre un as —o una fina daga para cortar bolsas— en la manga.

975 RP

Capitana Miss Fortune

Mientras las mareas consumían el corazón del puerto, una mujer se alzó para recomponer las piezas de una ciudad rota. Reclamad el poder con la nueva capitana y reina sin corona de Aguas Estancadas.

Aspectos inspirados en Aguas Estancadas

750 RP

Quinn Corsaria

Explorad el horizonte en busca de otros barcos y monstruos marinos para vuestra flota del matadero con Quinn Corsaria.

750 RP

Aatrox Cazador de los Mares

Acechad a las bestias salvajes bajo las aguas y cobraos las mayores presas con Aatrox Cazador de los Mares.

750 RP

Garen Almirante Rebelde

Comandad un galeón de caza y conquistad la gloria para vuestra flota del matadero con Garen Almirante Rebelde.

Paquetes del evento

Paquete Veteranos de Aguas Estancadas

50% de descuento

Varios artistas y diseñadores crearon aspectos inspirados en Aguas Estancadas antes incluso de que esta ciudad se convirtiese en el escenario del último evento de League. Añadid estos aspectos clásicos a vuestra colección con este paquete flexible, que cuesta solo 2996 RP (4118 RP si se necesitan los campeones) hasta las 11:00 del 10 de agosto (horario peninsular español). El paquete incluye a: Katarina Aguas Estancadas, Swain Aguas Estancadas, Rumble Rata de Cloaca (legado), Fiddlesticks Pirata, Tristana Bucanera y Ryze Pirata (legado).

Paquete Cazarrecompensas de Miss Fortune

25% de descuento

¡Entrad en acción con el paquete Cazarrecompensas! Este paquete de coste flexible cuesta solo 4547 RP (5139 RP si se necesitan los campeones) hasta las 11:00 del 10 de agosto (horario peninsular español). El paquete incluye a: Miss Fortune Recreativa, Miss Fortune Mafiosa, Miss Fortune Bastón de Caramelo (legado), Miss Fortune Guerrera de la Carretera (legado), Miss Fortune Agente Secreta, Miss Fortune Vaquera y Miss Fortune Waterloo.

Aspectos para guardianes

Madre Serpiente
640 RP

Flota del Matadero
640 RP

Icono del emblema de Aguas Estancadas
250 RP

Productos

Merchandising

Llevad el evento a la vida real con artículos inspirados en Aguas Estancadas como figurillas, carteles, alfombrillas para el ratón, una fabulosa estatua de campeón y muchas más cosas.

¡Pasaos por la tienda hoy mismo!

Actualizaciones de campeones

Gangplank

Todo el mundo necesita un propósito y Gangplank ha descubierto el suyo. Aquí podéis descubrir lo que piensa hacer el antiguo pirata para reclamar su trono y más abajo tenéis el paquete con su aspecto actualizado.

Blog de los desarrolladores

Miss Fortune

La actualización de Miss Fortune, con pequeños retoques de juego y algunos cambios visuales, ya está disponible. Aquí podéis leer más cosas sobre la actualización de la Cazarrecompensas y más abajo tenéis el paquete con sus aspectos actualizados.

Blog de los desarrolladores

Recompensas de Aguas Estancadas: Mareas Ardientes

En cada acto, elige a un campeón para seguir sus aventuras

Cumple objetivos para avanzar en la historia y desbloquear iconos de invocador

Vive la historia del evento de Aguas Estancadas al cumplir los objetivos

¡Haz clic en la zona del cliente donde están las recompensas de Aguas Estancadas: Mareas Ardientes y empieza a recibirlas ya!

Fiestas de Abordaje

Subid a bordo de los Eventos de la comunidad

Subid a bordo de los Eventos de la comunidad

¡Aguas Estancadas aborda los Eventos de la comunidad! Inscribíos en las Fiestas de Abordaje presenciales o en línea, en vuestra región o en cualquier parte del mundo. Registraos para participar en una Fiesta de Abordaje y uníos a otros aventureros para jugar a ARAM en el nuevo mapa El Puente del Carnicero o probar el nuevo modo de juego Camorristas del Mercado Negro.

Papiroflexia

Haced clic debajo para descargar las plantillas y luego compartid vuestras creaciones con el mundo usando #bilgewater.

Uníos a la campaña

Contad vuestra propia historia de Aguas Estancadas: Mareas Ardientes imprimiendo y montando uno de estos cuatro campeones de papiroflexia (o los cuatro).
Haced clic debajo para descargar las plantillas y luego compartid vuestras creaciones con el mundo usando #bilgewater.

Gangplank, Twisted Fate, Graves

Aguas Estancadas Mareas Ardientes

Ajuste de Cuentas: Epílogo

Aunque Twisted Fate y Graves han escapado, Aguas Estancadas sigue devorándose a sí misma mientras en sus calles repican los gritos de los desesperados y los agonizantes. Tres sencillas palabras han desatado la guerra: Gangplank ha muerto.