Candidato: Galio
Fecha: 10 de agosto, 20 CLE
OBSERVACIÓN
Galio tiene un semblante como si estuviese absorto. Este gesto podría hacernos pensar que la gran bestia se ha quedado muda. Sus gestos faciales, en especial la exagerada prominencia de su enorme mandíbula confieren a la gigantesca gárgola el aspecto de un simplón. Este aspecto resulta engañoso de forma intencionada, mágicamente forjado para hacer que el rival se confíe y piense que su mente es torpe, aunque lo que él hace realmente es estudiar con atención lo que tiene frente a sí. Todo lo que importa es la doble puerta, y el signo que se encuentra sobre ella.
“El verdadero enemigo aguarda dentro”.
Galio asiente con complicidad, pero después no se mueve. Su figura es literalmente escultural.
Tras una larga pausa, vuelve a la vida y avanza pesadamente hacia la puerta. Unas alas grandes y poderosas se despliegan y baten con suavidad contra la quietud del aire, impulsando a la gárgola con un silbido no tan suave. Se mueve con la elegancia se un ser hecho de piedra y metal.
Las puertas se abren y revelan la intensa oscuridad de su interior. Las panteras grabadas de obsidiana que flanquean la entrada señalan a Galio el camino. Muestra su agradecimiento a sus hermanas pétreas.
REFLEXIÓN
Galio supo dónde estaba con una iluminación repentina. Era del todo imposible que llegara a olvidar este lugar. El claro estaba rodeado por un espeso bosquecillo de árboles frutales. En medio del claro estaban los huesos de Durand, descoloridos tras estar innumerables días a la intemperie. Podía oler los melocotones y las cerezas madurando en las ramas.
Galio aborrecía este olor, el hedor de fruta dulce desarrollándose, madurando y pudriéndose en un ciclo interminable le recordaban su fracaso por salvar a Durand, su creador. No había sido capaz de proteger a su maestro de los asesinos noxianos que le habían tendido una emboscada, y este fue el lugar donde después guardó una vigilia de penitencia durante años.
Ojalá me hubiesen matado a mí. Lo pensaba ahora del mismo modo que entonces, pero esta vez sabía que algo había cambiado. Un pensamiento farsante e inoportuno mientras el suyo propio avanzaba hacia su conciencia.
No, no es verdad.
Galio se incorporó, intentando librar su cabeza de esta idea intrusa. Sabía que era imposible que estuviese verdaderamente allí, pero todo parecía real. El aroma dulzón de la fruta aumentaba su ansiedad. ¿Era este en verdad el juicio?
“Lo es, Galio de Demacia”. La voz de Yordle, chillona pero potente, pertenecía a una mujer.
Una cara familiar se sentaba en un tocón cercano. Reconoció a la mujer Yordle, aunque no llevaba puesto lo mismo que él recordaba, cuando se encontraron por primera vez en este mismo lugar. Llevaba la armadura de un guerrero demaciano. Ahora sabía que la Yordle era Poppy, aunque cuando la vio por primera vez no conocía su nombre. En aquel entonces nunca habló con ella; de hecho, ni siquiera le hizo saber que era consciente de su presencia. Poppy había visto a Galio en el claro, pero actuó en todo momento como si pensase que se trataba de una simple estatua inanimada.
“Eres Poppy”. Galio habló escogiendo cuidadosamente sus palabras. “Te conozco. Te conocí antes de que te unieras a la Liga. Te vi. Aquí”.
La chica Yordle sonrió, aunque sacudió ligeramente la cabeza. “Aquí... Sí, aquí conociste a Poppy, pero he aquí que… yo no soy Poppy”. La chica Yordle se acercó a Galio, extendiendo la mano. “Sabes que esto es real”. La chica volvió a sonreír. “No pasa nada si quieres seguir llamándome Poppy”.
Galio había estado observando este lugar durante años, pero por primera vez se permitió examinar el entorno sin escudriñar en busca de puntos de emboscada o áreas débiles de defensa. De repente, una ligera brisa se llevó el aroma de los árboles. Podía oír el leve susurro de las hojas. Se fijó en cómo las flores se giraban con cada golpe de viento.
Galio extendió su zarpa, similar a una garra, y cogió con ella la mano diminuta de la chica Yordle. Pudo sentir el calor de su carne sobre su piel esculpida. “Gracias, Poppy”.
Ella asintió. “¿Por qué quieres unirte a la Liga, Galio?”.
El olor acre de la fruta volvió al claro como una bocanada, poniendo a Galio un poco nervioso. “Debo luchar por Demacia. Era el hogar de mi creador”.
Poppy apretó la otra mano de la gárgola. Se quedó allí frente a Galio, dirigiéndole una mirada amable pero seria. “¿Por qué quieres unirte a la Liga, Galio?”.
Galió meditó la pregunta de Poppy; sabía que esta no era la verdadera Poppy, pero podía suponer que se estaba usando su imagen por alguna razón. Recordó que era la visión de la decidida Yordle la que lo había apartado de su exilio. Sabía que ella misma arrastraba una pesada carga. Era el mismo tipo de carga que él también luchaba por sobrellevar: la carga del fracaso. Más adelante, Galio se había enterado de que Poppy perdió a su padre en una emboscada perpetrada también por asesinos noxianos.
Compartían un suceso tremendamente horrible, pero abordaban este hecho de formas muy diferentes. Poppy se volvió aún más decidida en su afán por completar su misión: entregar a un general demaciano una corona hecha por su padre. Galio sin embargo… eligió otro camino. Ahora se daba cuenta de que su elección, y únicamente suya, no era velar los restos de su creador, sino velar su propio orgullo.
Durante un instante apartó su mirada de Poppy, avergonzado. Ahora conocía la respuesta. “Quiero unirme a ella porque esa es mi elección. Es mi propia voluntad libre. Quiero luchar por el hogar de mi creador... que también es el mío”.
“¿Es agradable desnudar la mente?”
El olor acre se había vuelto a disipar. Galio bajó su mirada hacia Poppy, sonriendo y mostrando sus colmillos con una ligera mueca. “Me resulta… familiar. Compartí mi mente con mi creador. Ahora comparto mi mente contigo. Compartiré mi mente con todos los invocadores”.
Galio se sintió inundado por otra ráfaga de luz. Permaneció de pie frente a una nueva doble puerta. Esta vez no hubo ninguna pausa: Galio abrió las puertas y se adentró en la Liga de Leyendas.